DOS RESTAURANTES EN PENAFIEL. LATITUDE Y ESQUILO.

No es que pasen muchos turistas españoles por la bonita ciudad de Penafiel, muy cercana a Porto.  De hecho parece que ni siquiera hay turistas en general, por lo que la hostelería local se lo tiene que currar duramente para mantener la clientela nativa. Eso hace que los precios sean bastante bajos si comparamos con la zona costera. 

Estuvimos pasando unos días en Paço de Sousa, en el Solar Egas Moniz. Después de dar una vuelta por el centro de Penafiel casi pensábamos que acabaríamos en McDonalds porque no había mucha oferta a la vista. La primera noche apareció el Latitude, un restaurante que también funciona como cafetería y que tiene mucho ambiente, justo al lado de un enorme parking gratuito. La segunda noche ya encontramos el Esquilo, que está en zona periférica. Los dos restaurantes tienen en común que abusan de la luz intimista y hace falta una linterna para leer la carta; ninguno de los dos la tiene expuesta en el exterior y eso les hace perder clientes.

En el Latitude hay una decoración tipo Bauhaus y parece que lo ha hecho personalmente Mies Van Der Rohe. El servicio es casero y cordial. Tienen una buena carta de vinos con opción de consumir por copas. Una vez comprobado que otros comensales tenían en las mesas excelentes raciones de bacalao, decidimos apostar por la carne y tomamos un roast beef y un tournedos. La calidad de las carnes estaba fuera de toda duda. La presentación del "rosbif" no era precisamente muy fina, con un montón de patatas fritas tapando la carne y un chorro de salsa inundándolo todo; la ración era abundante y sabrosa, pero hubiera quedado mucho mejor exponiendo cada ingrediente por su parte. El "turnedó" venía en tamaño XXL y obviamente no estaba muy hecho por dentro, parecía que estábamos en Francia y no en Portugal. Salimos a 33 euros con agua, dos copas de vino y un postre, lo que no está nada mal. Probablemente volvamos. Servicio de pan solo aceptable y servicios higiénicos mejorables porque son los del parque público.

Donde ya hay más pretensiones es en el Esquilo. El comedor es de esos de  tipo mueblería de diseño. El personal parece intenta ser más refinado y agradezco que no me hablen en español y que ni lo intenten. Aquí optamos por un plato para un comensal y dos entradas para el otro, con un coste de 12 euros por cabeza, que no es locura. La ración de bacalao traía un buen lomo cocinado en su punto y un acompañamiento de alheira sobre una cama vegetal. Gustó por la combinación de sabores y el punto de aceite. El cóctel de gambas con fresas llegó en una copita y lo llamativo es que las gambas venían hechas a la plancha, no cocidas. La vieira con langostinos estaba algo fuerte de sabor, pero sabrosa. No tomamos vino porque en la carta no aparecía detallado por copas, aunque la selecciones de vinos era buena; eso sí, no apetecía ponerse a leerla con una iluminación tan intimista. Lo curioso es que en una carta que incluye esferificaciones y otros atrevimientos tengan postres industriales, que luego presentan de modo espectacular añadiendo cositas. Al igual que en el Latitude, salimos por 33 euros la pareja y sin hambre. Lo más seguro es que volvamos y experimentemos otros platos. No es para estrella Michelín pero apunta maneras.

Ambos restaurantes tienen propuestas más baratas para el almuerzo, pues ofrecen platos del día a precios contenidos. En el Latitude te puede quedar a tomar una copa y el ambiente es de lo más selecto. En el Esquilo el ambiente es más frío. Ojo porque en el Esquilo no funciona la Visa.

Lo curioso es que Penafiel me recordó mucho a la ciudad francesa de Manosque. Si hay algún lector que conozca ambos lugares seguro que me da la razón.